52 Aniversario Lara

(+VIDEO) Para Wilson, echarse a morir, jamás fue una opción

Charles Darwin dijo: “no es la especie más fuerte la que sobrevive, ni la más inteligente, sino la que mejor responde al cambio”. Vivimos tiempos de grandes transformaciones, y para sobrevivir, cada vez son más los que aceptan que la única opción es: reinventarse.

Wilson Moros es uno de ellos. Su vida es un ejemplo de reinvención y de adaptación a las situaciones de la vida, incluso las más adversas.

Medellín le vio nacer, pero a los tres meses de edad, su madre Omaira Moros y sus abuelos migraron a Táriba, muy cerca de San Cristóbal, la capital tachirense. En las empinadas cuestas de esa pequeña ciudad, Wilson descubrió pasión por las bicicletas. Quería ser ciclista de alta competencia, y su madre acariciaba sus sueños cada vez que, con mucho esfuerzo, podía reunir los cinco bolívares del alquiler de una bicicleta para que su hijo entrenara los fines de semana.

¡El asunto iba en serio! A la edad de 10 años el chamo ya había participado en dos carreras y hasta premios ganó. Recuerda unas copas de vidrio, jabones, ropa y dinero en efectivo para su madre. Pero él iba por más: su propia bicicleta.

En 1970 Wilson participaría en una tercera carrera que podía llevarlo al extranjero en representación de Venezuela. Se celebraban las ferias en honor a la Virgen de la Consolación de Táriba. Él estaba listo, con su uniforme y todo. Su mamá quería fotografiarlo y ambos se detuvieron tres cuadras antes de la zona de partida para ajustar la correa de la cámara.

Sucedió lo inesperado. El niño de 11 años y su madre fueron embestidos por un camión 350. Quedaron aprisionados entre el vehículo y una pared. Wilson recuerda haber escuchado a su madre gritar: “Wilson nos mataron”, y él responderle: “no mamá, solo una pata”, porque alcanzaba a ver las mutilaciones en las piernas de los dos. Mientras él perdió una, su madre perdió ambas, desde la rodilla.

UN ESTADO COMA Y MUCHA GENEROSIDAD

Poco después del accidente, ante la gran pérdida de sangre y una grave infección, Wilson fue trasladado al hospital central de Barquisimeto, donde si bien estuvo 16 meses en coma, la atención y la sorprendente generosidad recibida lo recuperaron al punto de regresar al Táchira, junto a su madre, con prótesis. Fueron de los primeros en recibir prótesis de la recién creada Fundación Larense de Ayuda al Incapacitado (FLAI).

No les faltó ayuda. Esa calidad humana de los venezolanos, y de los andinos en particular, les proveyó de lo elemental para sobrevivir, pero obviamente debían procurar más, y ante esa nueva ‘condición de vida’, madre e hijo asumieron que había que ‘moverse’.

Cuenta Wilson que jamás se deprimieron. Al contrario, su madre les enseñó que toda circunstancia adversa los haría más fuertes para lograr sus objetivos. “No podíamos echarnos a morir, había que seguir adelante”, dice, explicando que tan valiente mujer usó el dinero de las colectas hechas en su ayuda, y se dedicó al comercio, mientras que él retomó sus estudios hasta graduarse de bachiller.

Wilson retomó el ciclismo, pero también empezó en el futbol, básquet, natación, voleibol y hasta aprendió a manejar moto. Participó en un nacional de voleibol, representando al entonces INCE Táchira, donde también se formó académicamente.

No fue fácil. La sociedad no tenía conciencia de la inclusión, al menos no como ahora, y además de llamarles “minusválidos”, los soslayaba. Cuenta que usaba monos deportivos para ocultar la prótesis y evitar que lo descartaran en competencias deportivas.

A los 16 años comenzó a trabajar para ayudar al hogar. Inició como barrendero en la ‘PTJ’ y nadie imaginó que hasta detective del organismo llegaría a ser. A los 59 años Wilson ha hecho de todo un poco, ¡hasta toxicólogo!, porque siempre está atento a las posibilidades que se le presenten y le permitan surgir para ayudar a los suyos.

Su historia y su actitud es la teoría de la reinvención aplicada en la vida de un ser humano como cualquiera de nosotros: el punto de inflexión que genera la crisis, el reto de decidir qué hacer ante ella, la lucha entre el miedo y la valentía, la perseverancia, la fe, la visión de futuro…., el propósito de vida. Todo eso y más están presentes en el camino de este hombre que, probablemente, no sea hoy el que pudo ser, si aquel día no lo mutilara un 350.

OTRA REINVENCIÓN

Mientras creció, Wilson viajaba con frecuencia a Barquisimeto para ajustar la prótesis. En ese trajinar le atrajo la profesión de la ortopedia y, como anillo al dedo, a través de dos reconocidos clubes internacionales con presencia en Venezuela, a los 20 años vivió una travesía de aprendizajes en el extranjero que terminó colocándolo en varios laboratorios, uno de ellos en Barquisimeto, a donde por razones de salud de su madre, debió mudarse.

Aquí hizo carrera en la administración pública y hoy, tras 26 años de servicio, le ha tocado asumir otro proceso de reinvención que, si bien sólo él puede valorar si es más o menos complejo que su accidente, nuevamente le reta como ser humano.

Wilson tramita una jubilación que no le permitirá vivir una vejez tranquila. Los trabajos de ortopedia y prótesis no son rentables. Perdió la cuenta de las veces que regresaba a casa al final de la jornada con los bolsillos tan vacíos como su vianda de la comida.

Él y su esposa han pensado en migrar, lo que aliviaría también la carga del hijo de ambos, quien los ayuda, pero no quieren dejar su país. En ese contexto sin opciones, otra vez Wilson ‘la movió’.

Ni la dolorosa “gota” que le afecta la otra rodilla, amilana su sensación de que aún queda mucho camino por andar.., lo suyo es sobrevivir y reponerse a las adversidades. Wilson está trabajando en la calle, como buhonero.

Invirtió un dinerito y compró unas chucherías que vende en el bulevar de la 20. Unas en efectivo, otras con un punto alquilado. En cada venta siente la satisfacción de no dejarse paralizar por la crisis, y de honrar el legado de su madre, una “guerrera”, como él la llama.

Él sigue luchando y creyendo que en este país se darán los cambios necesarios para que su hijo y los hijos de todos los venezolanos vivan tranquilamente. Pero advierte que el cambio parte también de cada persona, es el cambio para mejorar.

El día de esta entrevista, Wilson acababa de consignar ante la municipalidad la solicitud de permiso para ejercer en la vía pública, su nuevo oficio. No por estar en crisis, se deja de hacer lo correcto.

Este ser humano no parece perder la motivación ni el respeto, mucho menos la fe. Si eso no es reinventarse, entonces busquemos otras explicaciones.

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Yliana Brett Mosqueda
FOTOS: Cortesía

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