52 Aniversario Lara

(+VIDEO) “A veces las cosas no salen como queremos, pero siempre hay un propósito en el resultado”.

Salir de nuestra zona de confort suele ser una decisión difícil. Reinventarnos puede causarnos miedo, incluso al qué dirán, pero llega un momento en la vida, conocido como ‘de inflexión’, en el que reinventarse no es una elección, sino una necesidad.

Sea por el tema económico, crecimiento personal o profesional, siempre llega un momento en el que necesitamos cambiar las perspectivas de nuestras vidas y avanzar, evaluar algo que nos guste, que nos apasione y convertirlo en algo real.

Tal es el caso de Ana Karina Mendoza, una docente de educación inicial que decidió apostar a sus sueños y aferrarse al aprendizaje que conllevan los cambios.

El emprendimiento de Ana Karina inició hace aproximadamente dos años, cuando decidió realizar un curso de repostería para preparar las meriendas de sus hijos.

Un día una de las representantes en el colegio donde trabaja vio una de sus tortas y le pareció que podría ser muy buena, por lo que le pidió que le hiciera una para venderla.

Aunque al principio pensó en no hacerlo “jamás” -por el miedo al qué dirán- decidió probar y demostrar sus habilidades en la repostería. La ‘profe’ se sobreponía así al miedo, el principal enemigo de la reinvención.

Ana cuenta que decidió a asumir esta experiencia gracias a las palabras de motivación de esa representante y las de su familia, pero sobre todo, a algo que ha sido y sigue siendo su fuerza vital: su convicción de que sí puede, de que sabe lo que hace y de que puede dar más.

Pero reconoce que no fue fácil. Si bien asumió el riesgo, no dejó de ser precavida, así que al principio solo preparaba tortas por encargo porque le daba miedo perder dinero. Pero el tiempo y su talento le fueron demostrando que podía ir más allá. Sus tortas gustaban mucho, y tomó otra importante decisión: avanzar y ver más allá de lo que le mostraba el horizonte.

Ana tuvo visión a largo plazo. Analizó los gastos que conllevaría ese avance, y siempre teniendo presente lo que quería para su futuro y el de su familia, no sólo inició una producción más grande, sino que se arriesgó a especializarse de una vez, en un producto en particular.

Se especializó en las tortas a base de chocolate, un ingrediente que además de ser delicado, es bastante costoso. La incertidumbre de ¿será que lo venderé todo?, la acompañó durante un tiempo, pero ella quiso perseverar.

Como no hay nada mejor que hacer algo que nos guste, porque es la mejor motivación, ella se enfocó en la suya: el chocolate, y así surgió Dulces Ilusiones, no solo una marca, sino un proyecto de vida.

Su oficio original no lo ha dejado atrás, aun trabaja como docente de educación inicial y administra su tiempo para dedicarse a sus dos pasiones. Su meta para este año es que su negocio pase del canal virtual a la sede física.

“Hay días buenos y días no tan buenos”, afirma Ana, quien lleva esos altibajos con optimismo y “siempre agarrada a la mano de Dios”. Por eso dice que lo mejor que una persona puede hacer, es arriesgarse.

“Si tú no te arriesgas no sabes cómo te van a salir las cosas. No siempre es malo, si haces las cosas bien todo sale bien. Hay veces que en el camino no nos salen las cosas como creemos o queremos, pero siempre hay un propósito en el resultado”.

El “YO PUEDO” tiene un gran poder en las personas que realmente desean reinventarse. Creer en sí mismo será siempre el principal aliento para tomar un camino, y aunque el miedo puede sabotear, la fuerza de nuestros sueños y metas deben ser más fuertes, aunque eso nos lleve a experimentar y dejar a un lado a lo que estamos acostumbrados. Al final de cada historia, nuestros los logros terminan siendo nuestra mayor y mejor zona de confort.

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Sharon Guédez
FOTOS: Cortesía

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