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La ciudad: palabra que canta | Por: Rosario Anzola

La ciudad: palabra que canta | Por: Rosario Anzola

Mi encuentro con el Cusco, la capital del imperio Inca, fue algo estremecedor porque de antemano guardaba para mí significados deslumbrantes. Antes de viajar a Perú conocía bastante acerca del imperio fundado por los gobernantes Manco Capac  y Mama Ocllo,  quienes –por mandato de su padre y dios Sol –buscaron el lugar que serviría de morada a su gente.  Dice la leyenda que lanzaron desde muy lejos una barra de oro y donde se clavó determinaron que era justo el centro del ombligo del mundo,  la ciudad que siglos más tarde se consideraría la capital histórica del Perú:  Qusqu en lengua quechua.

Esta historia la supe a través de la voz de uno de mis grandes amores literarios:  Garcilaso Inca de la Vega.  Cuando estudiaba literatura, siendo aún una adolescente (literalmente una teen ager) me metí de lleno en su obra y en su vida.   Con el tiempo comprendí que esa inusitada cercanía se debió a mi admiración  –no solo por su vasta educación y su profunda sabiduría como cronista historiográfico– sino fundamentalmente por su orgullosa y explícita  condición de mestizo, que es la misma de muchos de nosotros los latinoamericanos.  Nadie como él ha sabido interpretar lo que significa la realidad ambivalente de quien se siente alma y sangre de dos mundos. 

Garcilaso quiso preservar la memoria del pueblo de su madre la princesa (ñusta) Isabel ChimpuOccllo contada en castellano, la lengua de su padre Garcilaso de la Vega y Vargas, y escrita en España, donde se residenció en 1559, a sus 20 años de edad. Vale destacar que nunca volvió al Cusco, cuna de sus ancestros reales, donde había nacido.  Basándose en sus recuerdos de infancia y juventud se trazó reivindicar el pasado incaico, contando su cultura, costumbres, grandezas y tristezas; aún cuando su intención era también esbozar una visión integradora y  tal vez hasta conciliadora de ese encuentro desencontrado. En sus Comentarios Reales hay una frase inolvidable de un hermano de su madre que, al referirse al trauma que siente ante la pérdida del imperio,  expresa con dolor:  Trócose nuestro reinar en vasallaje.

Mi viaje coincidió con el Inti Raymi o fiesta del sol, que se celebra en junio, durante el solsticio de invierno.  Sus 3.000 metros sobre el nivel del mar y mis ímpetus por recorrer rápidamente los pasos de Garcilaso me llevaron a tomar un amargo te de coca, en previsión al mal de altura. El diseño de la ciudad tiene forma de un puma, en cuyo corazón se sitúa la plaza central (Haucaypata), que mi imaginación pobló de palacios incaicos habitados por la gente principal del incanato.  En el mercado, “las cholitas” con sus faltas esponjadas y coronadas por sombreros indescriptibles, me hipnotizaron con el cantadito del quechua, repotenciado cada una de las noches que pasé en el Cusco, pues asistí religiosamente a un pequeño teatro popular que presentaba música y bailes de la región.

Ahora bien, lo que más me impresionó fue las arquitecturas superpuestas: las piedras incas como base de las paredes de barro y adobe levantadas por los conquistadores.  Me resultó especialmente impactante el Convento de Santo Domingo, construido sobre el Templo del sol (Qoricancha), allí me espeluzné porque pude sentir el drama íntimo que debió vivir el Inca Garcilaso debido a su dilema cultural.

La ciudad es su gente y en este caso Cusco es Garcilaso Inca de la Vega, quien murió a los 77 años en Córdoba (España).  Fue enterrado en la Mezquita Catedral de esa ciudad y una parte de sus cenizas reposa,  desde 1978,  en la Catedral del Cusco.  Su existencia sigue repartida entre dos mundos.

Foto: AP

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