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La ciudad: palabra que canta | Por: Rosario Anzola

Los recuerdos de la ciudad del Cusco trajeron a mi memoria una historia que merece ser contada y que quiero compartir con los lectores.

En la oportunidad de ese viaje al “ombligo del mundo”, cuna del mestizo más relevante de Iberoamérica: el Inca Garcilaso de la Vega, recorrí la ciudad de punta a punta, deleitando los siete sentidos (porque tenemos más de cinco) con sus colores, aromas, música, la cantarina lengua quechua, la textura de mantas y vestimentas, sus comidas picantosas y las enormes montañas de los Andes con vientos que interpretan melodías en flautas ancestrales.

Entré a la catedral, llamada también Basílica de la Virgen de la Asunción, situada muy cerca de la Plaza de Armas. Una parte de este edificio (hoy es una capilla adicional de la catedral) fue llamada la iglesia del Triunfo por la victoria de los españoles sobre Manco Inca Yupanqui (Manco Capac II).

Como muchas edificaciones del Cusco, la iglesia del Triunfo fue construida en 1539 sobre las bases incas, en este caso el Palacio del Inca Huiracocha.

Al lado de esta iglesia se levantó posteriormente la catedral cuya fachada muestra el frente de la iglesia del Triunfo y de la iglesia de la Sagrada Familia, flanqueando la edificación del centro que remata en una enorme úpula. Este frente es evidentemente renacentista pero su interior es definitivamente barroco.

Absorta en mi recorrido por todos los rincones de la catedral y con una saturación visual de imágenes, retablos, pinturas y molduras, me dispuse a contemplar los maravillosos óleos de la escuela cusqueña, con sus rojos intensos, sus radiantes amarillos y con detalles de oro que fulguran en coronas, trajes y nimbos.

Al pie de algunas pinturas se podía leer el nombre del artista pintor, pero en otras se leía simplemente: “autor anónimo”. Esas fueron las que más despertaron mi interés pues se trataba de hábiles artesanos indígenas que interpretaban las instrucciones de los pintores españoles y de los sacerdotes para plasmar una virgen o un santo.

El resultado era una obra totalmente mestiza, es decir lograda a la manera indígena de concebir las divinidades. Recordé entonces que eso mismo había llamado mi atención en las iglesias coloniales de México.

En eso estaba, en eso andaba, aferrada al folleto turístico que de manera bastante simplista daba razón de los tesoros de la catedral, sin embargo me sentí contrariada por la prohibición de tomar fotos. De repente me topé con un lienzo que me subyugó. Se trataba de la Santísima Trinidad. La representación del dogma católico: Dios, uno y trino, estaba frente a mí en todo su esplendor.

Desde niña, desde las clases de catecismo, lo de las tres divinas personas me quebraba la cabeza y mis preguntas eran respondidas por las monjas con el responso de: “Niña, eso no se pregunta.” Bueno, el “autor anónimo” había respondido al fin mi pregunta. Me pude imaginar al creativo inca, quizá recién bautizado y adoctrinado, tratando de resolver el misterio de cómo pintar a tres personas que en realidad eran una sola.

¿Qué hizo entonces? Pues pintó unos barbudos tripochos, idénticos, que reflejaban la figura de Jesucristo prevaleciente en la cultura judeocristiana. En el centro, el Padre, con un nimbo triangular detrás de su cabeza, una mano señalando el cielo y la otra sosteniendo un báculo, su ojo emblemático resalta en medio del pecho.

A su derecha el Espíritu Santo, con igual nimbo y una paloma resguardada en el pecho por sus dos manos. A la izquieda: el Hijo, nimbo triangular detrás de su cabeza, manos abiertas sobre sus rodillas en clara señal de dádiva y un cordero en su pecho.

¡Fue tal la conmoción que sentí que yo tenía que llevarme de allí la reproducción de ese cuadro! Misión imposible. Busqué por todo el Cusco y no encontré nada. Luego busqué en Lima, con el susto de encontrarla en las ventas de santos o en los anticuarios, y con el terror de que me iba a costar un ojo de la cara. Nada… Me fui de Perú sin la sublime Santísima Trinidad.

Muchos años después me encontraba en el pueblito andino de Monte Carmelo (Venezuela), de vacaciones con mis hijos, invitada por una querida pareja, dueños de una preciosa y auténtica casa colonial. D

e paseo por el pintoresco pueblito, me metí en una “bodega” a registrar lo que allí se expendía (detesto los centros comerciales y los supermercados pero los mercados populares y las bodegas de pueblo me encantan).

Paseaba mis ojos por los “papelones”, conservas, sogas, platos de peltre, cacharros de barro, caramelos y tallas rústicas de madera cuando repentinamente veo ¡a la Santísima Trinidad de Cusco! Era un cromo con un marco de espejos manchados. Con voz temblorosa pregunté al dependiente de la bodega:

-¿Y ese cuadro? ¿Lo vende?”. Entonces me respondió:

-Ese cuadro ya estaba aquí cuando yo compré esta bodega, hace como mil años…

-¿Y usted me lo vendería?”, le repliqué.

Lo bajó de la pared, le quitó el polvo y ante mi asombro lo puso sobre el mostrador.

-¡Llevéselo! Deme lo que usted quiera.

Tamaño compromiso…

-¡¡¡Noooo….!!!! Dígame usted cuánto le doy.

-Bueno… Págueme… (y me dijo una cifra risible que no llegaba a lo que entonces serían unos 3 dólares).

Me llevé el “cromo” a mi casa, pensando (y todavía lo pienso) cómo fue a dar a esa bodega. A lo mejor atravesando los caminos incaicos… para llegar a mis manos.

Foto: @apnews

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