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Celebrar la vida a pesar de la ausencia: recordando a “Chepito” Rodríguez

Jonathan Soto @SotoJonathanj /

En el evento organizado por la Federación Venezolana de Deportes Ecuestres y llevado a cabo en el Salón Paraninfo de la Universidad Metropolitana, la melancolía no fue ajena al recordar al atleta que partió a destiempo.

“Chepito”, el de la sonrisa fácil y quien tuvo en la equitación el éxito intrínseco de quien no necesita lecciones directas para aprender, sino que por mera observación sabe de qué va todo.

Así lo refleja el documental que el director venezolano Alberto Arvelo materializó sobre la vida de quien murió trágicamente en un accidente automovilístico en Florida en enero de 2016. Ese año, “Chepito” tenía la cita de los Juegos Olímpicos de Río de Janeiro como su gran meta, una por la cual luchó cuando dio sus primeros pasos por la disciplina.

En el audiovisual de 40 minutos y que sirvió para poner punto final a la gala, se brinda un paseo por la prolífica pero fugaz carrera del joven fallecido a sus 31 años. Entre relatos y anécdotas de familiares, entrenadores y amigos, se entiende con mayor facilidad por qué Rodríguez no fue cualquier atleta, aspecto alimentado por su calidad humana.

Nunca hubo manera de desligarlo de la equitación, ni siquiera cuando se vio en la obligación de dar un paso al costado mientras iba a la universidad, decisión en la que prefirió hacer caso a su padre, quien le sugirió ir detrás de un título en lugar de saltar obstáculos sobre un caballo, a pesar de su respeto por la disciplina, para podar formar parte a futuro de un alto cargo en la empresa familiar.

Pero cuando el deseo es real, el fuego jamás se apaga. Su amor por el deporte le hizo plantearse el objetivo de atravesar los más rápido posible el camino universitario, satisfaciendo la invitación del progenitor, quien tuvo la gallardía de apoyar una vez graduado su paso de hacerse profesional en la equitación. No es difícil dejarse convencer por quien tiene un aprecio verdadero por lo que pretende desarrollar.

La influencia en casa

“Él tocó el alma de todas las personas que conoció”, indicó su madre, “Chepita” Gómez, otrora figura de la equitación en el país y quien lo llevó sin obligación alguna a probarse en dichas responsabilidades.

Con el sello que caracterizaba a su hijo, “Chepita” iluminaba el salón con una sonrisa contagiosa. La dama, quien no tiene miedo en afligirse por una herida que aún sigue abierta, se hace fuerte por el calor del lugar; todos la saludaban, pero a su vez, todos la protegían. Gómez entendió que la familia de la Federación, esa a la que le dio tantos éxitos, no la iba a abandonar.

Luego de la muerte de “Chepito”, ella decidió mantener distancia. El duelo era lógico, así como su indiferencia con el deporte ecuestre en el país y aunque confesó que por su cabeza pasó en varias oportunidades la idea de no volver a adentrarse en la disciplina, no hubo manera de desligarse.

Año y medio después, Gómez retomaría el contacto con esa familia, siempre abierta de brazos para recibirla. “Es mi mundo, donde crecieron mis hijos y donde estás sus amigos”, recordó.

Es en esa misma casa donde creció, donde sus hijos crecieron, donde la alegría ocupa más espacio que la tristeza, el centro donde ella y los suyos alcanzaron sus metas, y vivirlo fue fundamental para transmitirlo a su descendencia.

Nosotros (sus padres) hemos tratado de que nuestros hijos sean personas generosas, donde aprendan a entender que tienen que cumplir sus sueños”, expresó.

El éxito de nutrirse en otros

Tal como lo refleja el documental sobre su carrera, otros dos elementos fueron clave en el desarrollo de “Chepito” en el deporte ecuestre, el brasileño Álvaro de Miranda Neto, conocido como “Doda”, y el irlandés Eddie Macken.

El primero, como una leyenda viviente de la equitación en Suramérica, encontró en Rodríguez un pupilo con talento ilimitado, y cuyo desarrollo le hizo sugerirle dar al salto a Europa para estar bajo la tutela del segundo.

Ese talento no sería nada sin escuchar. Las herramientas estaban y las decisiones también, pero el respeto al trabajo y logro de otros es algo que no todos saben comprender, moldear y plasmar en el plano personal para potenciar sus opciones de crecer. Afortunadamente, tanto “Doda” como Macken no necesitaron de conversaciones extras o fuertes regímenes de trabajo, frente a ellos estaba un atleta con la capacidad suficiente para trascender, pese a que su tiempo de vida fue más corto del esperado.

“Él era un niño que tomaba lo mejor de todo el mundo”, dijo su madre, quien pondera la permeabilidad como proceso de conocimiento. “Parte de la vida tiene que ver con lo que te rodea. No puedes vivir ajeno a lo que tienes al lado”.

Extinguirse no es sinónimo de olvido

El sonido del trote del caballo se nutre de la pradera con el amanecer de fondo. Con esa imagen, Arvelo presenta el cierre de un trabajo en el que la figura central del relato no es grande por cómo hizo las cosas a placer sino por haber logrado el éxito sin dejar de tender la mano a quienes estaban ahí para aplaudir sus hazañas.

El trabajo en equipo no solo es del grupo más cercano, también involucra a aquellos que desde la distancia brindan su aporte para que el elemento central crezca. Al final del día, su desarrollo es el desarrollo de todos.

Rodríguez se fue mucho antes de lo que todos creían, pero cuando se le recuerde no necesariamente habrá lágrimas de por medio; todo lo contrario, las sonrisas abundan cuando se menciona su nombre.

Al final del documental, un texto reflejado como el Código “Chepito” compacta en algunas palabras por qué su vida, corta y brillante, ahora es faro y no navío: “Elegimos ser mejores, elegimos ser bondadosos, elegimos ser justos, elegimos abrazar más, sonreír más. Elegimos, también, trabajar más duro y elegimos amar más. Elegimos celebrar la vida y luchar por nuestros sueños”.

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