Opinión

Tertulias de café |Por: Maximiliano Pérez

                                                    ¿Solución ?

Muchos venezolanos hemos soportado una travesía dentro un modelo de modernidad acelerado en sus subidas y en sus caídas. Fuimos una excepción mundial por nuestra democracia y por nuestro sistema económico, que nos llevó al bienestar social anhelado por todos los pueblos. Pero, de nuevo somos otra excepción: somos la peor economía del mundo, con una crisis económica y social sorprendentemente inaceptable.

Muchos venezolanos fuimos felices en la juventud y pocos hemos tenido una vejez tan triste. Nacimos en una época caracterizada por las oportunidades de estudio, sueldos suficientes, alimentación sana, servicios médicos de excelente calidad, larga estabilidad institucional y respeto por la libertad… Después, nos arrebataron todo ello.

Formamos parte de una histórica excepción.

Venezuela, fue el primer país exportador y tercer productor mundial de petróleo, como pocos nos beneficiamos de la bonanza que gozó Occidente durante la posguerra.

Recibimos inversiones y financiamiento para nuestra formación y salud nunca vistas; no solo porque había los recursos para hacerlo, también se tenía la disposición de hacerlo. Se esperaba que fuésemos el producto del esfuerzo modernizador, la nueva clase de venezolanos que dejaría atrás todo lo que los demócratas y revolucionarios del siglo XX detestaban del país (el hambre, las enfermedades, el personalismo, la violencia, la ignorancia).

La modernidad era una forma de vida, por eso, se construyeron carreteras, autopistas y viviendas; escuelas definidas por una nueva pedagogía y una arquitectura de vanguardia, hospitales, centros recreacionales, embalses, represas, una expansión eléctrica que conllevó a vender los excedentes apaíses vecinos, e… industrialización, entre otras cosas favorables.

El objetivo era la consecución del venezolano “sano, culto, crítico y apto para convivir en una sociedad democrática, justa y libre basada en la familia como célula fundamental y en la valorización del trabajo; capaz de participar activa, consciente y solidariamente en los procesos de transformación social…”

La clase media venezolana, que para la década de 1970 comprendía, vista en términos muy amplios, más del cincuenta por ciento de la población, era la gran muestra del éxito alcanzado en el proyecto. Éramos el producto de las oportunidades de ascenso social: hombres y mujeres que eran los primeros de sus familias en graduarse de bachilleres, los primeros en ir a la universidad y muchas veces en salir al exterior, por lo general con una beca para hacer posgrado. Supimos lo que era comprar un automóvil con los primeros tres sueldos de ingeniero recién graduado; dar la inicial de una vivienda a estrenar antes del primer año en la empresa; o pasar un fin de semana en Curazao, Miami o… durante unas merecidas vacaciones, extasiarnos en el “Café de Procopio” en Paris, sin que eso significara un descalabro en el presupuesto.

Pero ahora, sabemos lo que es llegar a los setenta años sin jubilarnos, o sobrevivir con pensiones que no dan para vivir, pues su monto no alcanza para comprar un cartón de huevos o medio kilo de café; sin poder cambiar de carro después de una vida de trabajo duro; el peregrinar para buscar medicinas que generalmente no se consiguen o no podemos pagar su valor y enfrentarnos solos a la vejez porque hijos y nietos están en el exterior.

Venezuela fue ejemplo de democracia liberal y… parecía tener éxito. La derrota de los golpes militares y de la guerrilla comunista en los años sesenta, la sucesión presidencial en elecciones libres, las derrotas del analfabetismo y las principales pandemias, la electrificación y las autopistas, ¡era representada por una clase media próspera, sana y educada!, éramos motivo de justa esperanza para quienes habían apostado por el camino de la modernización y las reformas sociales como un freno al comunismo.

Supongo que quienes han aceptado la autoridad suficiente para liderar los destinos del país tienen el deber de cumplir con la responsabilidad de rescatarlo ejecutando las medias económicas correctas y necesarias, execrando al populismo que nos condujo a la peor crisis enfrentada desde antes de la creación de la República.

“El Estamento Legal vigente, incluyendo los Tratados Internacionales, y muy especialmente, el respeto a los Derechos Humanos”, constituyen la guía fundamental para el logro de este objetivo y conforman el camino de la paz.

Fuente: Vida y muerte en un país de excepción – Tomás Straka.

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